Pink Floyd y Churchill

El 22 de Junio de 1941 se producía la invasión de la Unión Soviética por parte del Tercer Reich, más conocida como Operación Barbarroja (Unternehmen Barbarossa). La Alemania Nazi desplegó más de cuatro millones de soldados, 600.000 vehículos motorizados y 750.000 caballos, convirtiéndola en una de las invasiones más grandes que conoció nuestra historia.

Leyendo en este tiempo la biografía de Winston Churchill me llamó notablemente la atención el discurso que pronunció en ocasión de ese evento.

Esa tarde de junio cuando la primavera llegaba a su fin, Churchill, ya enterado de la situación, se encontraba preparando el discurso que iba a pronunciar esa noche comunicando su decisión (y por consiguiente la de Gran Bretaña) de apoyar o no a la Unión Soviética. Más allá de ser un acérrimo detractor del comunismo, Churchill en ese momento decidió respaldar a Stalin dado que, en sus propias palabras, "cualquier nación que luche contra la dominación nazi" recibiría su apoyo.

A medida que iba leyendo el discurso se me venía una imagen a la cabeza, y con cada línea que engullía esa imagen se acentuaba aún más. Para no despojar al lector de dicha posibilidad, transcribo el discurso a continuación, y después comento la relación con mi visión. Sin más, un extracto del discurso de Winston Churchill pronunciado a través de la BBC:

El pasado, con sus crímenes, sus locuras y sus tragedias, se olvida. Veo a los soldados rusos a las puertas de su patria, guardando los campos que sus padres han cultivado desde tiempos inmemoriales. Los veo defendiendo sus hogares en los que madres y esposas rezan (...) por sus seres queridos, por el regreso de quien se gana el pan para alimentar a la familia, por el regreso de su adalid, de su protector. Veo a las diez mil aldeas de Rusia en las que el medio de subsistencia se obtiene con el trabajo duro en los campos, pero en las que sigue habiendo esos momentos de alegría propios de la naturaleza humana, en las que las muchachas se ríen y los niños juegan.

Y, avanzando hacia todo ello con su horrible embestida, veo la máquina de guerra nazi con sus oficiales prusianos marchando con paso firme a golpe de tacón, con sus astutos agentes expertos en intimidación y sometimiento de decenas de países. Veo también a las sombrías, obedientes y feroces masas de la soldadesca teutona, perfectamente adiestradas, avanzando como una plaga de voraces langostas. Veo cubriendo los cielos a los bombarderos y cazas alemanes, todavía escocidos por las numerosas derrotas sufridas a manos de los británicos, pero sonriendo satisfechos por haber encontrado lo que consideran una presa más fácil y segura.

La imagen que se apoderó de mi mente cuando repasaba esas líneas fue la "Goodbye Blue Sky", la archiconocida canción de Pink Floyd que abre el segundo lado de su mítica obra, The Wall.

La parte del film que reproduce dicha canción arranca con un gran águila nazi sobrevolando tierras inglesas y arrancando a su paso un trozo de tierra, que deja detrás una estela de sangre con un vívido tono carmesí que recuerda inmediatamente la insignia comunista. A continuación el ave se transforma en un monstruo, dando pie así a una tétrica vista del imperio sumido en el bombardeo de la Luftwaffe, formando filas con sombría religiosidad.

Mi intención a la hora de escribir estas lineas no era blasfemar sobre la obra de Waters, sino simplemente compartir mis sensaciones. Personalmente, "Goodbye Blue Sky" es una de las canciones en el disco que más evoca la segunda guerra mundial en mi mente. Es tan importante conocer el contexto histórico a la hora de escuchar una canción (o un disco en este caso), pero a veces simplemente queda de lado. Mediante las palabras del primer ministro inglés creo que uno puede, al menos por un segundo, ponerse en los zapatos de la gente que vivió esa sangrienta guerra. Entender qué fue lo que vivió Waters en esos momentos es imposible, comprender cien por ciento lo que vivieron los pueblos beligerantes es aún más difícil. Pero sí contamos con la música y las obras de numerosos artistas para recordarnos las penas y miserias por las que atravesó la humanidad, y aunque sea en una ínfima proporción, nos invitan a aprender de nuestros errores.